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La quería. Adoraba la manera en que ella se sentaba en el manillar de su bici cuando volvían de la playa. Su pelo rizado, recién salido del mar, conservaba el olor a salitre y se movía tapándole la cara. Se había fijado en ella la primera vez que la vio salir de la panadería un domingo por la mañana. Su manera de andar, desgarbada y muchas veces graciosa debido al suave contoneo de sus caderas le habían obligado a establecer ese ritual dominguero de esperar a que pasase por allí.   Al principio se había contentado con solo mirarla, hasta que un día ella, al pasar por delante le sonrió. El tiempo pasó rápido. Volaron primaveras tirados en el campo con la única compañía de un libro. En invierno, los bailes en la pista de baile local, les servían para no pasar frío. Se miraban, pero nunca se dieron un beso en público, como mucho la mano o el brazo cortésmente. Le encantaba su mirada, ése lugar en el que todo era posible, incluso perderse en el universo. Ella era su mundo, el rincón ...

Vuelta a la rutina?

Hace mucho que no escribo. Quizás se debe a la pereza de no conseguir acostumbrarse a la rutina o a la rebeldía de no querer hacerlo. Sea como fuere, sentía que ya iba siendo hora de que volviese a escribir, a vencer esa pereza, a sentarme delante del ordenador y dejar que todas esas cosas que vuelan en mi cabeza tomen forma. Quería escribir, y lo voy a hacer, sobre ese tipo de casualidades con que la vida te sorprende, ya sea para bien o para mal. Acostumbrada toda mi vida a visitar los cementerios de los rincones del mundo en los que mi padre y yo nos perdíamos, desarrollé una filosofía que siempre me ha parecido alentadora, por ingenua o idealista que resulte. Cada vez que paseo por un cementerio o me detengo a contemplar una tumba y leo el nombre que aparece en el epitafio, fantaseo y me pregunto quién pudo haber sido esa persona. Me imagino su vida, me invento profesiones, lugares, biografías, que pasionalmente configuraron a esa persona que ahora ya no existe si...

Con retraso

La semana pasada se conmemoraba el aniversario del trágico 11 S. ¿Quién no recuerda lo que estaba haciendo ese día? En mi caso, era un típico día de verano en el que la televisión rompió el lirismo y nos mostró la peor cara de la humanidad. Un avión se había estrellado en una de las torres del World Trade Center. Nos acostumbramos a ver las imágenes de un holocausto que, aunque en directo, no podíamos evitar asociar a una película. Pero en esa ocasión, la realidad superaba la ficción y la gente escapaba, robaba segundos para despedirse de los suyos, el mundo empatizó con esas familias rotas y con esos supervivientes, quizás más víctimas que los que nos dejaron para no volver. El 11 de septiembre no fue tan sólo un día, sino el inicio de una época que perdura. Coincidiendo con el principio de siglo, la confianza casi ciega en la cual nos encontrábamos sumidos se desmoronó. A partir de entonces, el miedo a que algo semejante volviese a suceder nos sumergió en la locura y e...
En esta sociedad todos convivimos con un ritmo frenético que no solo se traduce en nuestras vidas, sino en nuestra manera de ser y actuar. Buscamos la novedad, lo más bonito, lo más moderno, lo que nos haga sentirnos atractivos, ricos y que nos otorgue el elixir de la eterna juventud tan anhelada. Necesitamos las modas. Vivimos por y para ellas. Carne de cañón. Nuestro mundo se basa cada vez más en las apariencias. La inteligencia, la eficacia o la astucia quedan relegadas a un segundo plano si no vendemos un aspecto atractivo al mismo tiempo. Nuestra autoestima no se contenta con los rasgos y capacidades psicológicas, necesita ser un buen producto, un buen envoltorio. Muchas veces, consumimos para obtener esa sensación o imagen. No es nada malo. La sociedad nos dice que tenemos que estar al tanto de lo último que sale al mercado, nos incita a cambiar de ropa, peinado, coche, cortinas ... hasta el punto de manejarnos cuales títeres sin conocimiento de sus necesidades o gustos. Co...
El teléfono sonó en mitad de la oscuridad. ¿Quién podría ser a esas horas? Aquel día gris ya había dado paso a la noche hacía varias horas. Descolgó y una voz familiar le preguntó si la reconocía. Mientras sus manos temblorosas trataban de agarrar el aparato, su semblante fue dibujado con una sonrisa triste. ¿Cómo no iba a reconocer esa voz que se había convertido en la de un hombre ante sus ojos? Hacía mucho tiempo que no sabía nada de su vida, o por lo menos, mucho más desde la última vez que habían hablado. Sabía que las cosas le iban bien. Aquello no era una buena nueva, sino una realidad que le había acompañado toda su vida. Sus sentimientos habían sido especiales, siempre había esperado grandes cosas de él. Desde el momento en que el timbre del teléfono rompió la soledad que acentúa la noche, sintió que aquello sería una despedida. Quiso ser fuerte. Despegó sus labios. - Espero que seas muy feliz. Estoy segura de que la vida te deparará todo lo bueno que se merece alguien com...

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Hay recuerdos como fotografías que, cuando los revelamos en la cubeta de la memoria –esa cubeta mágica y secreta que todos ocultamos en el cuarto de atrás de nuestras vidas-, aparecen movidos o velados parcialmente. Son los recuerdos que preceden al olvido. Vemos su imagen, queremos reproducir el tiempo al que pertenecen, o su lugar concreto, o lo que para nosotros supusieron en su día, pero, por alguna razón, por más que lo intentamos, no podemos conseguirlo. Por eso nos producen una gran melancolía. Entre cada recuerdo- como entre cada fotografía- quedan siempre unas zonas en sombra bajo las que se nos ocultan trozos de nuestra propia vida; trozos de vida a veces tan importantes, o tan significativos, como los que recordamos o como los que viviremos todavía. Son esos cortes en negro que sustituyen en las películas a los fotogramas rotos o quemados por las máquinas y que hacen que cada vez sea más complicado poder seguirlas. Al final, cuando se repiten mucho, terminan por hacer el re...
Hacía mucho tiempo que no me acordaba de aquella mujer. Resultó inevitable que el comentario que acababa de escuchar no me revolviese. No era nada fuera de lo común y de lo esperado, y sin embargo, su recuerdo en mi cabeza era atemporal. El paso del tiempo no había hecho mella en ella. Siempre la había admirado. Quizás no era alguien excepcional, increíble o interesante. Realmente creo que nadie lo es salvo en la mente de los demás. Para mí lo era, incluso siendo consciente que ese halo, esa imagen, pertenecía a mi mundo de infancia. Aquella mujer había sido tan importante para mí que cuando dejé de verla, su ausencia me perturbó sobremanera. Era entrañable, permisiva, alegre. La tienda que regentaba era el mayor de los paraísos existentes en aquella villa marinera y a pesar de no compartir genética, disfrutaba de su compañía sin ser consciente del lazo familiar que se iba tejiendo entre ambas. El destino nos separó. Volver a verla fue un regalo no concedido. Perder el último buen...